martes, 22 de agosto de 2017

Sobre la revolución Colombiana y el contexto Latinoamericano.



Por: Mauricio Vargas González.
Pongo en consideración estas reflexiones para el debate, para corregir ideas propias y para aportar a la visión de otros luchadores sociales y agentes políticos de cambio.
En la revolución colombiana a diferencia del “Castrochavismo” de Venezuela, no se trata de una subversión del orden social en el sentido de un levantamiento de los pobres y las clases más humildes -que en el marxismo se les ha llamado las ‘Las masas urbanas empobrecidas’- en contra de las clases altas y medias-altas, para subvertir los privilegios y el orden social y empresarial sobre los cuales se erigen.
Décadas de ‘Conflicto Armado’ y violencia política dieron al traste con la configuración de una corriente social y popular pro-cambio y pro-transformación social. Así mismo este torbellino de belicismo y terrorismo generó una contra-corriente y una contra-revolución de las clases más reaccionarias de la sociedad, Terratenientes y Narcotraficantes unidos, que absorbieron ‘la clase política’ y que se tomaron las regiones, apropiándose del ‘Estado local’ y del presupuesto público.

En Colombia se trata de una revolución democrático-pequeño-burguesa, donde se amplíe la democracia y la participación ciudadana, se fortalezca lo cultural, se gane terreno en la protección del medio ambiente, se proteja la maltrecha educación pública y se fortalezcan espacios de decisión: Esto tiene que ver con la descentralización, mayor autonomía administrativa en los municipios para el manejo de recursos y un fortalecimiento de los organismos de control con más recursos, mayores competencias y mayor visibilidad mediática.
Creo, todavía no estamos para plantear reformas de alto calado como es la reforma a la salud –acabar con las EPS-, re-impulsar la educación pública –crear nuevas universidades públicas e invertir en investigación como se debe-, expropiar las empresas públicas del Estado privatizadas, las de servicios públicos y las estratégicas -comunicaciones, la banca, la extractiva, energía, transporte, etc.- desarrollar el mercado interno y una industria nacional.
Requerimos primero una revolución que ponga fin al uribismo y los elementos sociales sobre los cuales descansa, fundamentalmente. Esto tiene que ver con la implementación de la Paz necesariamente. Y en este empeño son susceptibles de unirse las distintas expresiones de la pequeña burguesía e incluso de la gran burguesía –como lo demostró Santos con los Acuerdos de Paz- en torno a una modernización formal y jurídica del país y de la pacificación del mismo.
Y volvemos a insistir: Requerimos una ‘Enorme Coalición’ para el 2018, pro-paz y anti-uribismo.
Los elementos más organizados de nuestra sociedad son las Centrales Obreras como la CUT y el Magisterio en Fecode -Adida en el caso de Antioquia-. Hay que hacer un esfuerzo por politizar estos segmentos y politizarlos no solo en el sentido ideológico sino electoral, pues, no puede ser que después de las luchas gremiales donde se tuerce el brazo del gobierno en difíciles pulsos – como en el reciente Paro Nacional del Magisterio y Estatales- y se conquistan derechos para la población en general y reivindicaciones gremiales, los trabajadores no sean capaces de votar por alternativas políticas.
No puede ser que los trabajadores maten al tigre y se asusten con el cuero el día de madrugar e ir a introducir la papeleta en la urna. Es fundamental que estos sean la palanca primordial para las propuestas progresistas que empoderen sus conquistas en escenarios de Poder, en corporaciones públicas y en el Ejecutivo.
El sindicalismo tiene que convertirse en una base, en un caudal electoral fundamental, disciplinado y efectivo para las candidaturas y las propuestas progresistas y democráticas del país. Hay que trascender del centralismo que se da en este sector, muy ligado al economicismo y lo gremial, a la democracia, más ligada a lo político y programático. Es decir hay que nutrir los organismos y espacios colectivos para debatir la realidad política, ir más allá de la dinámica sindical y laboral.
Existen así mismo, unas nuevas expresiones asociativas denominadas ‘Redes’, compuestas principalmente por profesionales, quienes cuentan con algunos medios y contactos en distintos ámbitos de las instituciones y en el ‘mundo privado’ para llevar a cabo iniciativas. Estas por sí mismas carecen de la fuerza y la cohesión para llevar a cabo cambios por sí mismos. Debemos buscar la manera de integrar estas redes con las formas organizativas de la clase obrera, coordinarlas y conjugarlas en la lucha de manera unificada, para fortalecer lo gremial, lo político y lo ciudadano.
En este sentido los profesionales y los estudiantes juegan un papel muy importante y protagónico en el ámbito público, debido a los conocimientos y herramientas que poseen para acceder, modificar y renovar las relaciones de poder en el ámbito jurídico principalmente, pero también en lo cultural y académico. También este sujeto político ha venido irrumpiendo en el tema electoral. Movimientos como ‘Compromiso Ciudadano’ de Sergio Fajardo se nutren mucho de estas personas… cuya bandera principal es la transparencia y el anti-clientelismo.
En cuanto a qué sectores de la población son los abanderados para llevar a cabo esta tarea, ya mencioné el primero que son los trabajadores organizados y la pequeña burguesía profesional.
En cuanto a las ‘comunidades’ de las barriadas populares, el panorama es bastante desalentador, pues estos se encuentran presos de graves males: el control de las bandas y el narcotráfico -con imposición de fronteras invisibles y de candidatos- y por otro lado, es un sector poblacional altamente clientelizado, donde producto del ‘sálvese quien pueda’ del modelo neoliberal, optan estos por resolver sus necesidades más inmediatas en un completo escepticismo frente a propuestas políticas alternativas. Hay allí toda una maquinaria de líderes sociales entronizados en las Juntas de Acción Comunal y JAL’s que se venden al mejor postor y la cual es muy difícil de romper, así mismo la ignorancia y muchas veces la ‘malicia’ de estas gentes para lo político, los lleva a privilegiar a la derecha y los corruptos por cuenta de las dádivas que estos están en capacidad de otorgar.
Las insurrecciones cívicas protagonizadas por el Chocó y Buenaventura, dan pinceladas de como con la extinción del conflicto armado, la protesta social empezará a cobrar nuevos bríos, sin llevarnos tampoco a la ingenuidad de pensar que estas representan de manera espontánea alzamientos contra el modelo neoliberal o régimen político imperante.
Son protestas producto del abandono y la miseria donde confluyen todo tipo de elementos e integrantes de la más variopinta variedad política y social del país. Donde la izquierda y el campo democrático tienen un papel minoritario casi marginal en la dirección de estas. Sin embargo es una oportunidad y un reto para que los partidos progresistas, las centrales obreras y las redes de profesionales puedan establecer una sinergia tal que se pueda llevar a cabo mayor injerencia, influencia y cosecha política de estas coyunturas y eventos abruptos.
Por último las formas de participación como la recolección de firmas, las revocatorias y las consultas populares son mecanismos que han cobrado una relevancia clave en la lucha política colombiana y es menester de nosotros, los agentes de cambio, dominar estos mecanismos y sacarles el mayor provecho para el fortalecimiento de una corriente patriótica y democrática en Colombia.

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